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DESAPARECIDA ¿Y COBRANDO UNA SUBVENCIÓN?

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Madrid


29/09/2023 a las 05:00

CEST


·       Abrieron una cuenta bancaria a nombre de la mujer en 2015, dos años después de que se perdiera su rastro en Gandía. Hubo movimientos en ella hasta abril de 2023

·       Las hijas de Cristina lo averiguaron cuando acudieron al juzgado para declarar a su madre persona fallecida

«Cuando desapareció éramos muy pequeñas…», retrocede Alba. Se detiene en 2013 cuando, junto a su hermana Clara, recibiría la peor de las noticias: mamá no está. «Ella tenía 7 años y yo tenía 9… Duele, que falte una madre duele muchísimo, pero en ese momento había cosas de las que no nos enterábamos». Hace diez años Alba y Clara esperaban en la puerta del colegio a que su madre fuera a recogerlas. No llegó. 

Se llama Cristina García y desapareció en Gandía (Valencia) el 4 de noviembre 2013. La investigación arrancó tarde. No hubo ninguna batida; interrogatorios, sí. Un grupo de personas sospechosas en la zona el mismo día en que desapareció, un accidente o la posibilidad de la marcha voluntaria. Demasiadas hipótesis, no se avanzó.

«De la noche a la mañana», apunta su hija mayor, «la policía dejó de darnos noticias». La búsqueda se agotó.  «Aprendimos a vivir con ello», lamenta Alba. Sin respuestas, sin indicios, sin movimientos. Cristina no estaba, no iba a estar… «Una madre siempre hace falta, pero salimos adelante con el cariño de la familia, teníamos que sobrevivir».

¿Suplantaron su identidad?

Una década después, y por un papeleo legal, se ha removido todo. «Teníamos que declarar a mi madre fallecida para un tema de la herencia de mis abuelos», explica Alba a CASO ABIERTO, «se habían cumplido diez años, el caso estaba cerrado…». En sala, con un juez presente, el trámite se paralizó en el acto: «nos dijeron que no se podía porque habían encontrado una cuenta bancaria a nombre de mi madre, que alguien abrió en 2015, y que ha estado recibiendo dinero de una subvención hasta abril de este año”. La familia de Cristina se quedó impactada. «Nos hemos enterado en 2023», lamenta Alba. Nadie nunca les dijo nada: «hace ocho años que esa cuenta se abrió». 

Dolor, impotencia e incertidumbre, «que es lo que más come a una persona…», vuelven a instalarse en casa. «Puede ser un error del banco, puede ser ella, puede ser alguien suplantando su identidad…». La mente de Alba, ya mayor de edad, y del resto de su familia, no se detiene. Vuelven a la casilla de salida tras años aprendiendo a vivir con ello: «Se nos ha removido todo. ¿Hubiéramos podido hacer algo si nos lo dicen hace 8 años? Esto es volver a empezar».

La desaparición

4 de noviembre de 2013. Cristina acude a casa de su suegra. Alba y Clara, sus niñas, han pasado la tarde allí. Hace poco que han terminado de cenar. Cristina no pasa por su mejor momento, por lo que se pacta -más o menos- que las pequeñas duerman allí y sea ella la que, al día siguiente, acuda a buscarlas al colegio. «Nos quedamos esperando a mi madre y nunca llegó». 

Alerta por la desaparición de Cristina García, difundida en 2013.

| CASO ABIERTO

Arrancó la búsqueda, discreta al inicio. «En ese momento esperamos un poco para hacer la denuncia, esperamos para ver si era un enfado y se le pasaba. Hubo un pequeña discusión entre mi madre y mi abuela. Mi madre quería que nos fuéramos con ella a casa…», recuerda Alba. «‘Oye, ¿tú has hablado con Cristina?’. ‘No, yo no’. A mis tías se les activó la alarma y, finalmente, acudieron a comisaria a denunciar», reconstruye.

Unos rumanos y un búlgaro

Cristina García, 34 años. Pasaba por un momento complicado, llevaba una semana de baja en la empresa en la que había trabajado los últimos años, Dulcesol. Desde el fallecimiento de su padre, un par de meses antes, tomaba medicación, tenía depresión. La última vez que la ven, «discute» con su suegra, quiere estar con sus hijas, pero ya es hora de dormir. Deciden que no. «Se va algo enfadada», queda en ir a recogerlas al colegio. No la vuelven a ver más. 

Los agentes apuntaron todo, la investigación arrancó. Dos caminos: El primero, sencillo, Cristina se habría marchado por propia voluntad. «En casa nunca hemos apostado por eso, la verdad», apunta Alba. «Mi madre discute con mi abuela porque quiere que vayamos con ella… no nos iba a dejar». Y una segunda posibilidad: que algo le haya hecho desaparecer: «una persona, un accidente…». Sobre la mesa, un dato que hizo sospechar a los investigadores. El mismo día que desaparece, en el bar en el que quedó demostrado que ella entró, un mesa estaba ocupada con «un grupo de rumanos y un búlgaro», apuntaron algunos testigos. Pero se descartó que tuvieran algo que ver con su desaparición.

Carteles de alerta, difusión de fotos, medios de comunicación y muchos testimonios. Pocos sumaron, ninguno permitió a la policía reconstruir qué había podido pasar. «Las diferentes declaraciones hicieron, precisamente, mucho mal. La policía perdió mucho tiempo porque hubo personas que fueron a decir: ‘yo la vi en tal sitio a tal hora’, ‘yo la vi en este otro…’ No supieron seguir la pista. No puede ser que a las 22:30 horas la veas en un sitio, y en la otra punta de Gandía cinco minutos después». Nada llevó a Cristina. «El caso quedó guardado en un cajón». 

10 años después: una subvención

Alba y Clara crecieron. Todos, como pudieron, siguieron adelante. En diez años nadie aportó ninguna pista. Silencio, vacio. En casa encajaron que, quizá, Cristina no estaría más. «Hasta junio de este año», adelanta Alba. Este verano, todo cambió.

«Por mis abuelos tenemos un piso, y mi hermana y yo intentamos arreglar los papeles para poder recibir el dinero de mi madre. Para poder vender el piso teníamos que declararla fallecida, ya habían pasado diez años, el caso estaba cerrado…». Fueron a la policía. «Al llegar allí había un juez y, tras un par de preguntas, nos dijeron que no podíamos firmar ese papel porque habían encontrado una cuenta bancaria a nombre de mi madre y que ha estado recibiendo una subvención hasta abril».

La familia al completo se quedó en shock. «¿Es un error? ¿Es mi madre? ¿Ha podido alguien hacerle algo y usurpar su identidad?». La duda, el impacto, se amplió segundos después. «¿Se ha abierto una cuenta hace ocho años…? ¿Se abrió en 2015 y la familia nos enteramos en 2023? ¿Y si esto nos lo dicen hace ocho años…. a lo mejor hubiésemos dado con ella?». Una mil y dudas que creían superadas surgieron otra vez.

Algunas fotos del álbum familiar de Cistina, desaparecida hace diez años.

| Cedida por su familia a CASO ABIERTO.

Su DNI también desapareció

La familia de Cristina ha intentado localizar la oficina, la entidad,:»por protección de datos no nos han podido decir nada». Había entradas y retiradas de dinero. También ha intentado saber que subvención ha estado percibiendo Cristina García, o alguien en su nombre, dado que la administración lo aprobó: «mismo resultado, tampoco se nos ha dado esa información».

Arranca una nueva lucha, la judicial: «nosotros estamos atados, no podemos hacer más». Policialmente «nada se mueve», denuncia. «El día que desaparece mi madre llevaba el DNI encima. Han podido estar suplantando la identidad con ese DNI… Habrá que averiguar quién es esa persona, por qué lo tiene… No sé», lamenta desesperada.

Alba se detiene, y vuelve a hablar: «¿y si ha sido ella, que ha firmado los papeles, pero no de forma voluntaria? Que alguien la está amenzando para cobrar esa subvención… ¿Y sí…?». Las dudas no cesan. «Es una investigación policial que no se hace. Nosotros por mucho que lo intentemos no podemos. Hay un nuevo dato, el único en todos estos años, pero parece que nuestro caso lo dieron por perdido desde el minuto uno y nos han dejado ahí en un cajón».

Alba pone voz a la lucha de todos. Todo vuelve al inicio, demasiado dolor. Cristina, la mujer de la larga melena, lisa, morena, dejó de estar. Sociable, divertida, familiar, de pronto fácil, con carácter, pero muy buen corazón. «Nos adoraba, por muy mal que estuviera, siempre tenía una sonrisa para nosotras dos». Diez años después, siguen necesitando a su madre. Saber si está, si le hiceron algo, si se marchó. La búsqueda nunca ha cesado. Desde que saben que ha podido estar cerca y nadie les ha avisado, la ausencia aún duele más.

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