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Elena Sanz, la fuerza de la buena madre

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25/09/2023 a las 11:22

CEST


La zaragozana Elena Sanz superó con los 177 kilómetros de la temida UTMB un largo y duro recorrido lleno de requisitos, entrenamientos y esfuerzos extra al ser madre soltera 

En esta historia lo de menos son los 171 kilómetros. Ni los 10.000 metros de desnivel. Ni rondar por cuatro países. Porque para darle la vuelta al Mont Blanc, a su sueño, Elena Sanz tuvo que dejar atrás muchas más cuestas que esas que dibujaba el sinuoso mapa de la temida UTMB. Vivir, hace unas semanas, en la Plaza del Triángulo de la Amistad de Chamonix esa emoción de «por fin estoy aquí», a punto de encarar 34 horas de una de las carreras más duras del planeta, esta maña sabía que antes había superado muchas otras. 

Porque, aunque ni lo viera, ni se diera cuenta, el Mont Blanc estaba allí, sumergido en las aguas de la piscina del Agustinos. También yacía oculto en las caricias protectoras de su madre Alicia, secando con mimo a su niña después de los largos de una competición de natación. Esos años ochenta en Zaragoza en los que, si una chica corría, saltaba o nadaba «era una marimacho».

Porque la carrera fue perseguir a sus dos hermanos mayores de deporte en deporte. Hasta que en 2013 sintió algo al ver al mayor terminar la maratón de Zaragoza. «Me prometí que al año siguiente la terminaría, pero no corría ni cinco minutos seguidos», narra Elena. Porque otra cuestera fue esa de empezar a entrenar de la nada. De la promesa de un compañero de la Schindler de prepararla «cuando pudiera correr una hora sin parar. Recuerdo que al hacer 25 minutos casi me rompo la cabeza al tropezar de lo cansada que estaba», relata entre risas. 

Adapta sus entrenos a los horarios de sus hijos adolescentes «porque ellos son siempre lo primero»

De cómo tuvieron que habilitar en las oficinas unas duchas para mujeres al empezar a ir a trabajar al trote o en bici. O cuando cumplió su promesa y terminó su primera maratón en poco menos de cuatro horas. Como luego acabaría en Berlín y Colonia.

Porque esta carrera es esa que rodeaba Peña Montañesa en la que descubrió que el asfalto es más aburrido que los caminos de montaña. «Fue mi primera Ultra, de 60k. Quedé la última, pero me enganchó. Los paisajes, el ritmo, el compañerismo, el ambiente… Empecé como si hiciera trekking, pero luego cambié el chip y empecé a competir». Siempre buscando retos, no marcas ni oros. Por eso va «a las carreras que me apetecen». Como esa de cuatro días en total autosuficiencia entre Chile y Argentina o la Lavadero en Dolomitas, la Ultra Pirineu, la Canfranc y la Aneto-Posets en casa, las únicas en las que se ha retirado; la Transgrancanaria, la Penyagolosa, la Transalpine (285 kilómetros y 16.000 metros de desnivel en siete días); como ahora sueña con la Western States de California, la Maratón des Sables en Marruecos o la Trail Makalu, a la que se va el próximo mes al Nepal.

Y al Mont Blanc. Donde cuando fue a hacer la OCC, la corta (55k), en 2016 le parecían «unos locos todos aquellos que se atrevían con las cien millas, pero luego, hace cuatro años, me vi preparada». Pero primero tenía que completar otra carrera más: cumplir todos los requisitos para poder entrar en el sorteo de los codiciados dorsales, dado que hay muchas más solicitudes que plazas y eso que cada uno cuesta 400 euros, sin contar desplazamiento y alojamiento. En 2021 volvió para completar la CCC (100k) y acumuló puntos en otras dos ultras.

Ella, su hija y Taylor Swift

Y tras todos estos avatares es cuando empieza la carrera más dura, esa a la que se enfrenta una mujer de 40 y tantos que tiene que criar a dos hijos adolescentes sola. Cómo afronta ese muro compatibilizando trabajo en una consultora medioambiental, casa, cuidados y entrenamientos. Cómo se levanta a las cinco de la mañana para subir y bajar las lomas de Las Planas en Cadrete mil veces, «donde tendrían que poner mi nombre a una curva de las veces que he ido», bromea, siguiendo las pautas de su entrenador Rober: 20 horas semanales y de 3.000 a 5.000 metros de desnivel en seis días de actividad y uno de descanso. Cómo reserva sus vacaciones para las carreras, cómo aprovecha las extraescolares de los niños para lanzarse al trote por el Parque Grande o las cenas para hacer algo de volumen en el gimnasio. Cómo ha pasado el verano en Villanúa con ellos, teletrabajando, para afinar la forma en los senderos del Pirineo. 

Comenzó a correr hace diez años en la maratón de Zaragoza y acumula siete ultras por todo el mundo

Esa injusta carrera que estigmatiza a tantas mujeres como malas madres por ampliar sus espacios personales «cuando ellos, mis hijos, son siempre lo primero». Cuando ese pensamiento le persigue hasta Chamonix, porque, por estar allí, se ha perdido el cumpleaños de su hija. Esa hija por la que ha removido Roma con Santiago y Miami, para que su primo Alejandro le consiguiera esas entradas para el concierto de Taylor Swift «que es más difícil que conseguir el dorsal de la UTMB».

Porque esta carrera es esa imagen del principio. Ese ejemplo de madre a madre. De las caricias sanadoras de Alicia, esa mujer que no aceptó la silla de ruedas a la que le mandaron por esa enfermedad que combate con todas sus fuerzas. Porque esa fue la inspiración de Elena en los peores momentos de una UTMB «que disfrutas los primeros 120 kilómetros y sufres los últimos 50». Cuando se cayó dos veces y se desolló las rodillas. Cuando afrontó los últimos 3k a solo 15 kilómetros de meta y tuvo que parar porque, aturdida, «no entendía ni uno de los más de 300 mensajes que tenía en el móvil». Cuando, a las cuatro de la madrugada, tras dos noches, cruzó la línea «tan cansada que no pude ni sentir, ni llorar».

Esa fuerza de buena madre que todo lo puede, que supera una tras otras todas las subidas de la vida. Esas que conquistan paraísos, que rodean y mueven las montañas más grandes del mundo. Porque, simplemente, son las mejores. 

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