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México tiene dos días de los muertos. Según la tradición, el 1 de noviembre, Día de Todos los Santos, está dedicado a quienes murieron cuando eran niños, y el 2 es el Día de los Muertos, dedicado a los adultos.

En estas fechas, las almas de los seres queridos visitan la tierra y por ello en cada casa se colocan altares con veladoras, papel picado de colores, calaveritas de azúcar, flores, pan de muerto y la comida y bebida favorita de los familiares, con fotografías que acompañan las ofrendas.

Sus raíces están en las culturas prehispánicas y, siendo patrimonio “inmaterial” de la humanidad, supone una fiesta para todos sentidos aunque alguno te falle. Gerardo Ramírez, casi ciego durante años, lo resume con una frase: “Honras a las personas, conectas con el pasado”.

El Día de Muertos huele a cempasúchil y copal, y hay música sobre las tumbas.

El intenso aroma del cempasúchil, que en náhuatl significa “flor de 20 pétalos”, y del copal, la resina vegetal purificadora que se quema en los altares, son los encargados de mostrar a los muertos el camino de regreso desde el inframundo.

Verenice Arenazas, una joven de 28 años, que cambió los Recursos Humanos por el campo para seguir con la tradición de su familia, ha producido este año 17.000 plantas de cempasúchil en Xochimilco, la zona lacustre al sur de Ciudad de México. Y asegura feliz que las han vendido casi todas.

A Arenazas, el cempasúchil le huele a “dulce, frescura y puro trabajo” de los campesinos que, como ella, dedican jornadas interminables a cuidar las flores. También a “orgullo mexicano”, dice, ante la satisfacción que le produce “que una persona tenga algo que yo trabajé durante cuatro meses”.

Una “ofrenda”, el altar mexicano por el Día de los Muertos.

Comida para los muertos

La comida representa en los altares de muertos el símbolo de la tierra. Y el dulce por excelencia es un pan con fragancia de azahar o naranja aunque en sus orígenes, según los investigadores de la Escuela Mexicana de Gastronomía, se preparaba con una masa de amaranto mezclada con sangre humana y miel para ofrecer a los dioses.

Otros historiadores creen que los españoles, asustados por los sacrificios humanos, hicieron un pan de trigo bañado en azúcar pintado de rojo para simbolizar un corazón.

Hoy tiene un sitio privilegiado en los altares junto a la comida y la bebida favorita del muerto.

Esa comunión entre los vivos y los muertos Ramírez, de 49 años, la explica con un ejemplo de cuando era niño que lo dejó impactado. Cuando murió su tío, pusieron el cuerpo sobre la mesa hasta que llegó el ataúd y después, todos se sentaron a comer en ese lugar.

El altar

La preparación del altar es uno de los mayores placeres para muchos mexicanos. “Sentir la frescura de las flores, donde pusiste la comida, muchas texturas… Son una bomba de sensaciones”, cuenta Ramírez.

Se suelen incluir en ellos muchas artesanías, desde esqueletos en papel mache a alebrijes (figuras de animales imaginarios), pero lo que no pueden faltar es el “papel picado”, esas las finísimas hojas de papel de colores troquelado con dibujos, que en algunos lugares de Ciudad de México todavía se elaboran a golpe de martillo y cincel.

Algunos ligan ese arte a las láminas de corteza del árbol del amate que los pueblos prehispánicos usaban como papel aunque, entonces, no los troquelaban. Esos cuidadosos recortes se cree que vienen de China, grandes artesanos del papel, y que llegaron a México de mano de los españoles.

Celebraciones por el Día de los Muertos en el Zócalo de la Ciudad de México el 31 de octubre de 2023.

Celebraciones por el Día de los Muertos en el Zócalo de la Ciudad de México el 31 de octubre de 2023.

Música sobre la tumbas

Aunque algunos mexicanos de mayor edad recuerdan como sonido característico de estas fechas el rumor de los rezos en honor a los difuntos, las guitarras o las voces de los mariachis son las notas que proliferan estas fechas junto a las adornadas tumbas de muchos panteones.

Otros, lo que llevan son “sus grabaciones o sus bocinas… Porque no hace falta tener dinero para disfrutar” junto a los seres queridos que faltan.

No hay sonatas características de estas fechas. Algunos recuerdan canciones como “La llorona” que cuenta la leyenda del alma en pena de una mujer que ahogó a sus hijos. Los más jóvenes, las de la película “Coco” y su guitarra michoacana. Y otros, rancheras como “El puño de tierra”, en la que se aboga por darle ”gusto al gusto” porque será esa tierra en una mano lo único que el hombre se lleve a la otra vida al morirse.

Colores, fotos contra el olvido

Aunque el Día de Muertos es, por excelencia, un espectáculo visual lleno de sincretismo entre las distintas creencias, su objetivo básico es no olvidar a quien ha muerto para que no desaparezca.

Las fotografías de los seres queridos se colocan en el lugar preferente de los altares. Los colores inundan todo. El naranja del cempasúchil, el negro del inframundo, el morado vinculado a la religión católica, el rojo de los guerreros o el blanco para los niños.

En Pátzcuaro, Michoacán, la noche del 1 de noviembre habitantes del municipio suben a sus canoas en el lago del mismo nombre con cientos veladoras que simbolizan la luz que guía a sus seres queridos en su visita al mundo terrenal, mientras en las calles suena música tradicional como la danza de los pescadores, y predominan los olores de cempasúchil y copal.

El pueblo de San Andrés Mixquic ubicado en la alcaldía Tláhuac, en la Ciudad de México, tiene una de las celebraciones más fascinantes.

La tradición conocida como “La Alumbrada”, considerada patrimonio de la humanidad, incluye una procesión nocturna hacia el cementerio que se ilumina con cientos de veladoras, mientras se cantan algunas melodías, se llevan flores y se prende incienso. Las personas limpian las tumbas de sus difuntos y las decoran, pasan un tiempo ahí, en las calles hay comida típica, faroles y música.

Virginia Pérez considera que es un momento de reflexión que forma parte de la cultura mexicana.

“Es fusionarse con nuestras raíces prehispánicas, fusionar con nuestro catolicismo, fusionar con nuestros muertitos, ¿por qué no decirlo así, verdad? Es como un recordatorio que en algún momento también vamos a estar nosotros de ese lado, en esa parte de trascender a otro mundo a otro panorama definitivamente”.

[Con información de The Associated Press y Sara Pablo, colaboradora de VOA en Ciudad de México]

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