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La “gran mentira” pasa factura al trumpismo

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La condena esta semana a Rudy Giuliani, quien deberá de pagar 148 millones de dólares por sus mentiras en torno a las elecciones de hace ya cuatro años, junto con otra impuesta a la cadena Fox en abril -también por propagar desinformación en torno a la legitimidad de los comicios- suponen un duro golpe para la narrativa del expresidente Donald Trump de que las presidenciales estuvieron amañadas, una afirmación que incluso desde dentro de su partido, el Republicano, han calificado como la “gran mentira”.

El viernes, un jurado en Washington determinó que Giuliani deberá indemnizar a Wandrea Shaye Moss y a su madre, Ruby Freeman, con cerca de 73 millones de dólares en compensación por los daños emocionales, y con otros 75 millones por el daño a la reputación que sufrieron, debido a las acusaciones infundadas del exalcalde de Nueva York.

La vista de sentencia se produjo después de que ya en agosto la jueza del caso, Beryl Howell, declaró a Giuliani responsable de difamación, y además le impuso una multa de miles de dólares debido a que el acusado se había negado a entregar pruebas requeridas por la fiscalía.

Tras los comicios, distintas voces próximas a la campaña del entonces mandatario, incluidos el propio Trump y Giuliani, ​pusieron en duda la legitimidad de los resultados electorales. Durante semanas, asesores del republicano dieron voz a numerosas teorías conspirativas. Todas ellas acabarían siendo desmentidas por las autoridades o en los tribunales por la falta de pruebas.

En el caso de Moss y Freeman, si bien durante la primera fase del proceso Giuliani reconoció no poner en duda las acusaciones de difamación, a lo largo de esta segunda fase, el exregidor insistió en sus falsedades en un intercambio con periodistas, renunció a prestar testimonio y ha alegado que no se le dejaron presentar pruebas.

Por otro lado, el pasado mes de abril, Fox Corp y Fox News llegaron a un acuerdo por 787,5 millones de dólares en una demanda por difamación de Dominion Voting Systems, por su cobertura de las falsas acusaciones de manipulación de votos en las elecciones de EEUU.

Desde entonces, Rupert Murdoch, el magnate australiano de los medios de comunicación de 92 años, cuya creación de Fox News lo convirtió en una potencia en la política estadounidense, ha dejado sus cargos de presidente de Fox y de la empresa matriz News Corp.

Y su presentador estrella, Tucker Carlson, cuyo nombre aparecía con asiduidad en documentos que salieron a la luz durante el proceso en los que quedaba de manifiesto que la corporación decidió abrazar la “gran mentira” por puro interés económico.

La cuestión en el juicio era si Fox era responsable de difundir falsedades sobre que las máquinas de recuento de votos de Dominion se usaron para manipular los comicios a favor del demócrata Joe Biden frente al entonces presidente republicano, Trump.

Una de esas teorías, tildada ya en su momento de “descabellada” por numerosas voces en Washington y que ha sido hasta objeto de parodia en algunos late-night shows del país, sostenía que la compañía Dominion, responsable de las máquinas de votación en más de 20 estados del país, se habría confabulado con el gobierno socialista de Venezuela para cambiar votos destinados a Trump en favor de Biden.

Son justo esa clase de afirmaciones infundadas las que conforman lo que se ha acabado conociendo como la “gran mentira”, una expresión históricamente relacionada con el nazismo, y que culminó con el asalto al Capitolio el pasado 6 de enero.

“La elección presidencial de 2020 no fue robada. Cualquiera que afirme que lo fue está difundiendo LA GRAN MENTIRA, dándole la espalda al cumplimiento de las leyes y envenenando nuestro sistema democrático”, dijó en un tuit la congresista Liz Cheney, símbolo del republicanismo tradicional convertida en azote del mandatario, ya en 2021.

Otro varapalo sufrido por el entorno de Trump estos días, ha sido el acuerdo de culpabilidad alcanzado a comienzos de diciembre por un grupo de republicanos del estado de Wisconsin que se hicieron pasar por compromisarios, con el objetivo de que llegado el momento de contar los votos del colegio electoral para certificar la victoria de los comicios, fueran sus documentos los computados.

En este caso, como parte del acuerdo judicial, los 10 acusados atestiguaron que formaron “parte de un intento para revertir de manera impropia los resultados de las elecciones presidenciales de 2020”.

Además, al margen de la narrativa electoral, otras dos figuras clave del trumpismo, su exasesor Steve Bannon y el comunicador Alex Jones también han sido procesados y enfrentan condenas multimillonarias por sus engaños.

En el caso de Bannon, quien fue indultado por el propio Trump antes de dejar la presidencia, por embolsarse donaciones de ciudadanos destinadas a financiar la construcción del muro, y en el caso de Jones, quien deberá pagar casi 2.000 millones de dólares, por propagar desinformación en torno a la matanza de Sandy Hooks, en la que murieron 20 niños de entre 6 y 7 años de edad, además de seis maestras.

Todas estas sentencias agravan el peligro político, pero sobre todo legal para Trump, quien junto con otras 18 personas, incluido Giuliani, resultó imputado en agosto en un caso de asociación ilícita relacionado con los esfuerzos para anular las elecciones de 2020 en Georgia.

“Lo que ha ocurrido aquí es una parodia de la justicia. No hicimos nada malo. No hice nada malo (…) Tenemos todo el derecho, todo el derecho, a impugnar una elección que consideramos deshonesta”, aseguró entonces el exmandatario, tras ser fichado por las autoridades de Georgia.

Por el contrario, Moss, la funcionaria electoral cuya vida se vio en el punto de mira al volverse blanco de estas mentiras, apuntaba el viernes, a la salida de los juzgados, tras conocerse la condena: “Giuliani no fue el único que propagó mentiras, otros también deberán rendir cuentas”.

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